martes, mayo 22, 2007

"Sputnik, mi amor"

(...)

A Myû le sonaba el nombre de Jack Kerouak, y también recordaba vagamente que era un escritor. Sin embargo, no le venía a la memoria qué tipo de escritor era.
–Kerouak, Kerouak… ¡Ah! Ése debe de ser un sputnik, ¿verdad?
Sumire no logró entender a qué venía aquello. Con el cuchillo y el tenedor suspendidos en el aire, reflexionó unos instantes.
–¿Sputnik? ¡Pero si el Sputnik es un satélite artificial soviético, el primero que fue lanzado al espacio, en la década de los cincuenta! Y Jack Kerouak es un escritor americano. Claro que la época sí coincide, pero…
–¡Ah, ya! ¡Por eso deben de llamar así a esos escritores de entonces! –dijo Myû, mientras dibujaba con la punta del dedo círculos en la mesa como si rebuscara algo en el fondo de un jarrón de forma peculiar lleno de recuerdos.
–¿Sputnik…?
–Sí, mujer. Es el nombre de una corriente literaria. Hay muchas de esas, como diríamos…, escuelas, ¿no? Como la Shirakaba-ha.
*
Sumire, entonces, cayó finalmente en la cuenta.
–¡Beatnik!
Myû se enjugó las comisuras de los labios con la servilleta.
–¡Beatnik!¡Sputnik!… Siempre olvido esos términos. Que si la Restauración Kenmu,
** que si el Tratado de Rapparo…*** De todas formas, hace ya mucho de eso, ¿no?
Durante unos instantes, reinó un ligero silencio, como una alusión al paso del tiempo.
–¿El Tratado de Rapparo? –preguntó Sumire.
Myû sonrió. Fue una sonrisa íntima, añorada durante largo tiempo, como arrancada del fondo de algún cajón. La manera de fruncir los ojos fue maravillosa. Después alargó la mano y, con sus cinco dedos largos y finos, despeinó un poco más aún el alborotado pelo de Sumire. Fue una acción tan natural y espontánea que Sumire, sin querer, le devolvió la sonrisa.


A partir de aquel momento, y en su fuero interno, Sumire empezó a llamar a Myû «Sputnik, mi amor». Sumire amaba la resonancia de esa palabra. Le traía a la memoria la perra Laika. El satélite artificial atravesando en silencio la oscuridad del espacio. Las dos negras y brillantes pupilas de la perra atisbando por el pequeño ojo de buey. ¿Qué debía de mirar en aquella soledad infinita del cosmos?
(...)

"Sputnik, mi amor" Haruki Murakami